Dolors dice:
1 març, 2026 a las 8:43
Jo no sé on viu el S. Scotto, però a Dénia cada volta hi ha més dones pel carrer abanderant i representant la misogínia que representa el fonamentalisme islàmic. Alguna cosa s’haurà de fer per a què estes societats nouvingudes prenguen nota que les dones d’este país no volem la introducció desacomplexada de la seua misogínia.
Pedro dice:
27 febrer, 2026 a las 17:08
El ple convertit en trinchera ideològica
El que s’ha publicat no és una reflexió institucional. És una peça de combat. Un artícul redactat no per a explicar, sino per a marcar territori ideològic i senyalar enemics polítics.
Quan un regidor parla de “rompre la convivència a colps de mentires”, de “racisme”, de “masclisme”, “d’ultradreta antisistema” i de “realitat paralela”, no està fent anàlisis. Està fent propaganda. I la propaganda no resol problemes; els amplifica.
Si no hi ha cap cas real de burka o niqab en dependències municipals en cinc anys, la qüestió es resol en dos frases i en dades objectives. Punt. Pero en lloc d’això s’ha optat per una escalada verbal calculada, per convertir una moció discutible en una batalla èpica entre demócrates i intolerants.
El ple municipal no és un escenari per a llançar consignes ideològiques. És un òrgan de govern. I quan des del govern es recorre sistemàticament a la desqualificació global de l’oposició, el que es transmet és una cosa molt perillosa: que determinades posicions no són rebatibles, sino condenables.
Això no és defensa de la convivència. És polarisació conscient.
Mesclar una moció concreta en el debat sobre avortament, religió, feminisme o models familiars és una maniobra evident: ampliar el camp de batalla per a convertir l’adversari en caricatura moral. És una estratègia de confrontació total.
La convivència no es protegix cridant “racisme” cada volta que apareix una proposta incómoda. La convivència es protegix governant en serenitat, en proporcionalitat i en respecte institucional.
El que s’ha vist és una instrumentalisació ideològica del ple. Una utilisació del facistol municipal com a altaveu partidista. Una dramatisació que transforma qualsevol desacort en una amenaça existencial.
I això sí que és perillós.
Perque quan el govern assumix que el seu relat és l’únic llegítim, el debat democràtic es convertix en combat moral. I quan la política local es transforma en trinchera permanent, qui pert és la ciutat.
Dénia no necessita croades.
Necessita gestió. Necessita equilibri. Necessita menys escenificació i més responsabilitat.
La convivència no es defén en titulars incendiaris.
Es defén governant per a tots, també per als que pensen diferent.
La veu dels qui callen dice:
27 febrero, 2026 a las 14:14
Señor Scotto,
He leído con interés, y debo confesar que con cierta melancolía, su reciente artículo titulado «El objetivo de la ultraderecha: romper la convivencia a golpe de mentiras». Me explico. La melancolía proviene de observar a un hombre que ocupa un cargo público —concejal de Igualdad y Diversidad, nada menos— y que, sin embargo, parece haber olvidado una habilidad fundamental para el desempeño de su función: la de escuchar.
No me refiero a escuchar a sus adversarios políticos en el Pleno. Esos, ya nos ha dejado claro, son «salvapatrias» que viven en una «realidad paralela» y cuyos argumentos merecen mayúsculas y descalificaciones. Me refiero a escuchar a la gente silenciosa de esta ciudad. A esos que usted, desde su atalaya de certezas absolutas, probablemente confunda con el paisaje.
Usted afirma, con la rotundidad del que posee la verdad revelada, que el debate sobre el burka es una «MENTIRA», una invención de la ultraderecha para «romper la convivencia». Y se agarra a un dato: no hay mujeres con burka en Dénia. Tiene razón. No las hay. Permítame que le devuelva el argumento, pero con un leve giro.
Verdad nº1: No hay burkas en nuestras calles.
Verdad nº2: Usted cree que eso cierra el debate. Yo creo que, precisamente, es donde debería empezar.
Porque el hecho de que no haya un problema tangible, cuantificable, no significa que no exista una inquietud legítima entre sus vecinos. Una inquietud que no es racista, señor Scotto, por mucho que le tranquilice etiquetarla como tal para no tener que pensar en ella. Es la inquietud de quienes observan cómo los cimientos culturales sobre los que se asienta su comunidad —y la suya propia, no lo olvide— se erosionan lentamente, no por la imposición, sino por la indiferencia de sus propios representantes.
Usted utiliza el feminismo como un escudo inexpugnable, como si la mera mención de la palabra le blindara contra cualquier crítica. «No nos hablen de libertad los que aún esgrimen la religión católica», escribe. Curiosa defensa de la diversidad, la suya, que consiste en descalificar las creencias de una parte de la población mientras exige respeto absoluto para las de otra. El laicismo, señor concejal, no consiste en sustituir una cruz por una media luna, o por nada, y llamar a eso progreso. Consiste en comprender que la identidad de un pueblo se teje con hilos muy diversos, y que cortarlos con la tijera de la superioridad moral deja, al final, un tejido raído.
Usted se siente orgulloso de haber «evolucionado» más deprisa que esos «esquemas mentales anacrónicos». Permítame que le pregunte, con la educación que caracteriza a esta ciudad: ¿Hacia dónde, exactamente, evolucionamos? ¿Hacia un mundo donde los únicos lazos que nos unen son los contratos mercantiles y las declaraciones institucionales? ¿Dónde la única identidad permitida es la del individuo aislado, consumidor global, despojado de cualquier pertenencia local que pueda resultar incómoda a la sensibilidad cosmopolita?
Ya que usted se toma tantas molestias en diagnosticar el «anacronismo» ajeno, tal vez debería hacer un pequeño esfuerzo por asomarse a ideas que no circulan en su burbuja habitual. Le sugiero, con el debido respeto, la lectura de Diego Fusaro, un filósofo italiano que, aunque seguramente le incomodaría por no encajar en sus casillas prefabricadas, plantea preguntas que sus estadísticas no responden .
Fusaro, que se define como «alumno independiente de Hegel y Marx», lleva años señalando algo que usted parece ignorar: que la izquierda contemporánea ha abandonado la defensa de los trabajadores y sus comunidades concretas para abrazar un cosmopolitismo abstracto que sirve perfectamente a los intereses del capital global . En sus propias palabras, denuncia a esa izquierda que ha «sustituido a Marx por la bandera arcoíris» y defiende «unos derechos civiles sólo para ricos», mientras acepta sin rechistar los dictámenes del mercado y la disolución de las soberanías nacionales . No se trata de izquierda o derecha, viene a decir Fusaro; se trata de la oposición real entre «los de arriba y los de abajo», entre las élites financieras apátridas y los pueblos concretos que ven cómo su mundo se desvanece .
Cuando Fusaro habla de la necesidad de defender la identidad como resistencia a la «homogeneización uniformadora del capitalismo», cuando critica ese «individuo sin fronteras, desprovisto de identidad y portador exclusivamente de derechos civiles funcionales al consumo», está describiendo exactamente el marco mental que usted, señor Scotto, parece dar por sentado como el único posible . Usted llama «evolución» a lo que otros, con igual o mayor fundamento filosófico, llaman «desarraigo» .
No se preocupe. No le pido que esté de acuerdo con Fusaro. Le pido algo mucho más sencillo y, para un político, mucho más difícil: que acepte la posibilidad de que no tener todas las respuestas no es un signo de debilidad, sino el único punto de partida honesto para construir convivencia de verdad. Que comprenda que cuando un vecino de Dénia expresa su preocupación por la identidad de su pueblo, no está siendo «racista» ni «ultra»; está siendo humano. Y que la condescendencia con la que usted despacha esas preocupaciones es, quizá sin pretenderlo, el mejor caldo de cultivo para esa ultraderecha que dice combatir.
Porque la convivencia no se construye a golpe de mayúsculas y decretos morales. Se construye escuchando, incluso —y especialmente— a aquellos cuyos miedos no caben en sus estadísticas. Y se construye, también, con la humildad de reconocer que el pensamiento crítico no es patrimonio de una sola orilla.
P. D. dice:
27 febrero, 2026 a las 14:56
Señor Scotto:
Permítame que vuelva a escribirle. No porque espere una respuesta —sé que los hombres ocupados como usted tienen cosas más importantes que hacer que atender las cartas de una vecina anónima—, sino porque su artículo y el debate que ha generado merecen una reflexión más honda.
Hay algo que usted no entiende, y no se lo digo como reproche sino como observación. Usted no entiende que se pueda amar la propia tierra sin odiar la ajena. No entiende que se pueda ser un trabajador valenciano, de los de verdad, de los que madrugan y callan, y al mismo tiempo sentir que algo se está perdiendo. No entiende que se pueda ser católico, practicante incluso, y no ser por ello un facha disfrazado.
Y no lo entiende porque su marco mental no se lo permite. Para usted, la realidad se divide en dos mitades que no se tocan: de un lado, los buenos, los progresistas, los que están del lado correcto de la historia; del otro, los malos, los reaccionarios, los que aún se aferran a «esquemas mentales anacrónicos». En su esquema, querer a la propia tierra es automáticamente sospechoso. Defender las propias tradiciones es automáticamente fascismo. Creer en Dios es automáticamente ser de derechas.
Permítame que le diga, con el respeto que merece su cargo pero con la firmeza que merece la verdad: usted se equivoca.
Usted escribió, con ese desdén tan característico: «No nos hablen de libertad los que aún esgrimen la religión católica como esencia de la patria». Como si la fe fuera un argumento descalificatorio. Como si creer en Dios fuera, por sí mismo, una prueba de atraso moral. ¿Sabe qué le diría Diego Fusaro, ese filósofo que le mencioné en mi carta anterior? Le diría exactamente esto: si dios, patria y familia son conceptos fascistas, entonces Platón era fascista. Y Tomás de Aquino también. Y Hegel también. Y, por suerte, no lo eran.
La fe no es un arma política. Es una dimensión de la existencia humana, tan antigua como la conciencia misma. Y el hecho de que usted la descalifique con esa ligereza dice más de su propio provincianismo —el provincianismo del que cree que la historia empezó ayer y termina en su propia corrección política— que de la supuesta «evolución» de la sociedad que dice representar. Hay miles de personas en esta comarca que van a misa los domingos y el lunes madrugan para trabajar. No son fascistas. Son sus vecinos. Y llevan décadas viendo cómo ustedes, los que se llenan la boca con la palabra «diversidad», son los primeros en despreciar sus creencias, sus fiestas, su forma de entender la vida.
Usted habla mucho de igualdad y de derechos. Pero hay una palabra que brilla por su ausencia en su discurso: clase. No la menciona. Y no la menciona porque, como ha señalado Fusaro en su último libro Sinistrash, la izquierda contemporánea ha abandonado a los trabajadores para convertirse en la guardaespaldas arcoíris del gran capital. Fusaro lo explica con claridad: la izquierda fucsia —así la llama— ha sustituido la hoz y el martillo por la bandera arcoíris. Ha cambiado la lucha contra el capital por la defensa de unos derechos civiles que, siendo legítimos, son perfectamente compatibles con el neoliberalismo más feroz. Y mientras tanto, ¿qué pasa con los de abajo? ¿Con los precarios? ¿Con los jóvenes que no pueden emanciparse? ¿Con los trabajadores valencianos que ven cómo sus pueblos se vacían de vida y se llenan de alquileres turísticos?
A ésos, señor Scotto, usted no les habla. O, peor aún, cuando intentan expresar su malestar, usted les llama «racistas» o «ultras» y da el debate por cerrado. Pero el malestar sigue ahí. Y tiene un nombre: es la lucha de clases. Sólo que hoy la lucha de clases no es entre patronos y obreros con carné sindical. Es entre los de arriba y los de abajo. Entre las élites financieras apátridas, que pueden vivir en cualquier parte porque su patria es el dinero, y los pueblos concretos, que viven en un sitio concreto, con una historia concreta, y que ven cómo su mundo se deshace mientras les dicen que eso es «progreso».
Usted dirá: pero si no hay burkas en Dénia, ¿de qué hablamos? Hablamos de algo más profundo. Hablamos de que, como explica Fusaro, el capital utiliza hoy la inmigración masiva como un arma: para crear un ejército industrial de reserva que abarata la mano de obra y enfrenta a los pobres contra los pobres. El inmigrante no es el enemigo; el enemigo es el sistema que lo deporta, lo explota y lo usa para precarizar a todos. Pero ese sistema, señor Scotto, tiene un aliado inestimable en una izquierda que aplaude la «apertura ilimitada» sin preguntarse a quién beneficia realmente.
Usted y los suyos callan cuando el capital destruye el tejido productivo local. Callan cuando los jóvenes tienen que emigrar porque no hay trabajo digno. Callan cuando los pueblos se convierten en decorados para turistas. Pero se llenan la boca con la palabra «acogida». ¿Acogida a quién? ¿Al inmigrante que llega para ser explotado en las mismas condiciones precarias que el trabajador autóctono? Eso no es solidaridad. Es complicidad con el mercado.
Como dijo Benedicto XVI, y Fusaro recuerda a menudo, hoy solo se habla del derecho a migrar, y ya nadie habla del derecho a quedarse en su tierra y en su comunidad. Ese derecho —el derecho a no tener que emigrar para vivir con dignidad— es el gran ausente de su progresismo.
Hay algo más, señor Scotto, que me duele en lo personal. Usted y los suyos han convertido la palabra «fascista» en un comodín. Cualquiera que discrepe de sus postulados, cualquiera que exprese una duda sobre el rumbo de nuestras comunidades, cualquiera que defienda sus tradiciones o su fe, es automáticamente un «ultra». Es «facha». Es «salvapatrias». Fusaro lo explica con agudeza: esta izquierda necesita ser continuamente antifascista en ausencia de fascismo para no tener que ser anticapitalista en presencia de capitalismo. Es más fácil descalificar al vecino que cuestiona el rumbo que enfrentarse al poder real, el del dinero sin patria.
Pero yo no soy fascista. Soy una vecina. Una mujer que mira desde el segundo piso y ve cómo su ciudad cambia, no siempre a mejor. Que ve cómo los jóvenes se van porque no hay futuro. Que ve cómo las tradiciones se folklorizan para los turistas. Que ve cómo la política se ha convertido en un espectáculo de etiquetas y descalificaciones, mientras la vida real —la de los que madrugan, trabajan, crían y callan— sigue sin ser escuchada.
No le pido que cambie de opinión. Le pido, simplemente, que escuche. Que baje de su atalaya y se siente un rato en un banco de la plaza del Convento. Que hable con la gente sin etiquetarla de antemano. Que intente comprender que se puede ser de izquierdas y amar la propia tierra. Que se puede ser progresista y defender las tradiciones. Que se puede creer en Dios y luchar por la justicia social.
Y si le queda un resto de curiosidad intelectual, lea a Fusaro de verdad. No los titulares que le descalifican. Lea Defender lo que somos, donde explica que sin identidad no puede existir la relación, que es una relación entre identidades con límites precisos. Lea Sinistrash, donde denuncia a esta izquierda que ha abandonado a los trabajadores para servir al capital con maquillaje arcoíris. Lea y pregúntese: ¿estoy yo en el lado de los de arriba o de los de abajo?
Porque ahí, señor Scotto, está la verdadera línea divisoria. No entre izquierda y derecha. No entre creyentes y laicistas. No entre patriotas y globalistas. Entre los que defienden al pueblo concreto, con sus raíces y sus necesidades, y los que defienden a las élites abstractas con su retórica hueca.
Y desde mi balcón, se lo digo con toda la claridad que me permite la educación: usted lleva demasiado tiempo en el lado equivocado.











