La 'locura' de Von der Leyen, Metsola, Costa i Kallas per fer ús fraudulent dels actius russos congelats (fet que ni amb l'Alemanya nazi els aliats es van atrevir a fer) i sense consultar als parlaments dels Estats de la UE, ha estat de moment frenada per la primera ministra…
— REPÚBLICA VALENCIANA / ESTAT VALENCIÀ (@RVPVE) December 26, 2025
Alerta Juan Antonio de Castro: Euroclear amenaza al sistema financiero europeo
Actualizado: 20/12/25
La guerra en Ucrania se libra con misiles, sanciones y propaganda, pero también en un frente silencioso: el de los activos rusos congelados en Europa. Sobre ese terreno minado, el exfuncionario de Naciones Unidas Juan Antonio de Castro lanza una advertencia que rompe la euforia sancionadora: convertir esos fondos en munición financiera para Kiev puede salir mucho más caro de lo que los gobiernos están dispuestos a admitir.
En el centro del tablero aparece Euroclear, depositaria de entre 180.000 y 210.000 millones de euros de origen ruso, y un sistema político europeo dispuesto a forzar sus propios límites jurídicos en nombre de la razón de Estado.
El Banco Central Europeo (BCE) se resiste a avalar la operación, Hungría desafía el consenso y, mientras tanto, las élites comunitarias siguen empujando hacia una escalada económica cuyo coste real recaerá, advierte De Castro, sobre la ciudadanía.
El resultado es un cóctel explosivo: guerra, deuda y decisiones tomadas de espaldas a los votantes, en un momento en el que la estabilidad democrática europea ya no puede darse por sentada.
Euroclear, el corazón financiero en la línea de fuego
Para De Castro, Euroclear se ha convertido en una auténtica bomba de relojería. La plataforma de liquidación, que gestiona volúmenes colosales de deuda soberana y reservas internacionales, custodia buena parte de los activos rusos hoy congelados. Utilizarlos sin una base jurídica impecable implicaría transformar una pieza clave de la estabilidad europea en el eslabón más frágil de la cadena.
El problema no se limita a Moscú. Si los Estados miembros impulsan una expropiación de facto, Euroclear quedaría expuesta a demandas multimillonarias de bancos, fondos y particulares que verían vulnerados sus derechos de propiedad. El riesgo no es teórico: bastaría con que un puñado de grandes actores reclamaran indemnizaciones equivalentes a un 10% o 15% del valor bloqueado para poner en aprietos las cuentas públicas de Bélgica y la reputación de toda la UE.
Lo más grave, subraya De Castro, es que el debate se plantea en términos de “valentía política” frente a Rusia, cuando el verdadero desafío es técnico y sistémico: tocar ese dinero sin hundir la credibilidad del sistema financiero europeo.
El BCE se aparta: la línea roja de financiar a los Estados
En este escenario, muchos miran al Banco Central Europeo como posible cortafuegos. De Castro lo descarta. El BCE no está dispuesto a asumir el papel de garante último de cualquier experimento con los activos rusos, entre otras cosas porque los tratados le prohíben financiar directamente a los Estados miembros. Si se implicara en una estructura que socializara las pérdidas de una eventual cascada de demandas, estaría pisando un terreno prohibido.
La consecuencia es un vacío incómodo: los gobiernos reclaman una solución que combine dureza con seguridad, pero la institución con suficiente músculo financiero para respaldarla rehúye el riesgo. Sin el BCE, cualquier esquema de uso del capital ruso se apoya en Estados individuales muy endeudados, que difícilmente podrían absorber un shock jurídico de decenas de miles de millones.
De Castro ve en esta negativa una señal inequívoca: el euro no está diseñado para este tipo de guerras económicas prolongadas, y forzar su arquitectura podría herir de muerte uno de los pocos activos de estabilidad que le quedan al proyecto europeo.
El coste real: más deuda, menos Estado del bienestar
Mientras las cumbres europeas hablan de “responsabilidad histórica” y “solidaridad con Ucrania”, De Castro pone el foco en el impacto más concreto: ¿quién paga la factura? Si el uso directo del capital ruso es inviable sin un acuerdo de paz, la alternativa es la de siempre: más deuda común y nacional, financiando paquetes de ayuda que se suman a unos balances públicos ya tensionados.
El economista advierte de que esta deriva tiene un destino previsible: recortes sociales a medio plazo, subidas de impuestos o ambas cosas. Cada nuevo tramo de financiación ligado a la guerra aumenta la presión sobre presupuestos que ya destinan más del 40% del gasto a pensiones, sanidad y educación en muchos Estados.
De Castro acusa a las élites europeas de sostener un discurso abiertamente belicista sin someterlo a consulta real. No se pregunta a los ciudadanos si están dispuestos a perder capacidad adquisitiva, servicios públicos o estabilidad laboral a cambio de mantener indefinidamente la escalada económica, denuncia. El resultado puede ser demoledor: una población que paga la guerra en silencio, mientras ve erosionarse, año tras año, el Estado del bienestar.
Guerra, sanciones y un consenso europeo que se agrieta
El caso de los activos rusos revela, además, las fisuras internas de la Unión. Países como Hungría se han erigido en símbolo del bloqueo, vetando paquetes de ayudas o cuestionando la estrategia sancionadora. De Castro matiza: desde el punto de vista económico, la magnitud húngara es limitada; pero políticamente, su resistencia evidencia que el consenso europeo ya no es automático.
El dilema es claro. Para mantener la presión sobre Moscú, la UE necesita mostrar unidad y capacidad de acción. Pero a medida que el coste financiero y social se acumula, crecen las reticencias de los gobiernos más vulnerables, preocupados por su deuda, por el descontento social y por el auge de fuerzas euroescépticas.
Ese contraste —entre el discurso de firmeza exterior y la fragilidad interior— se convierte, según De Castro, en uno de los mayores riesgos del proyecto comunitario. Una Europa que habla con voz dura hacia fuera, pero que hacia dentro no logra resolver cómo se reparten los costes de la guerra, corre el peligro de fracturarse políticamente en el momento más crítico.











