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23 octubre 2008

València a LA VANGUARDIA de Barcelona

Classificat com a: Notícies — ANNA_barcelona @ 19:21 pm Editar això

Una identidad para el siglo XXI
Nuevos intereses, nueva narración
per JOSEP VICENT BOIRA profesor titular de Geografía Urbana en la Universitat de València

[¿Anticatalanismo en Valencia? Si. Pero coexistiendo con una extraordinaria red de las cajas de ahorro catalanas]

[Hay que entender Valencia. Valencia se mueve entre la singularidad moderada y la identidad radical]

Para una parte de los valencianos, la última gran y buena noticia que recibieron como pueblo debió datar del 24 de abril de 1707. Fue el día anterior a la batalla de Almansa, en la que el reino de Valencia perdió sus libertades (el 11 de septiembre de 1714 valenciano, para los amigos catalanes). A partir de aquí todo, a ojos de muchos, han sido calamidades. La decadencia del XVIII y la debilidad del XIX se llevó por delante las nociones de orgullo, satisfacción e ilusión de ser valencianos. Negros nubarrones cubrieron nuestra historia y como canta un conocido grupo valenciano, trescientos años se resolvieron en un abrir y cerrar de ojos: “1707, 2007 avui com ahir, el mateix camí, el mateix combat”. Ojalá fuera tan fácil.

En una parte de la sociedad valenciana y en su intelectualidad más formada (universidades incluidas), se ha mezclado, sobre todo desde que en 1962 Joan Fuster publicara Nosaltres els valencians,una dosis de sentimiento de resistencia y de inevitabilidad. La cuesta abajo siempre lamina las buenas noticias. ¿Cuándo fue la última gran buena noticia para este mundo (para mi mundo, todo sea dicho)? Las fiestas populares no eran las adecuadas, las tradiciones anticuadas, la vida rural atrasada, los esfuerzos regionalistas vulnerables y donpelayescos y cuando, en la actualidad (cosa que jamás había pasado), 196.849 alumnos estudian en valenciano (no valenciano, sino en valenciano, es decir, un 165% más que hace una década), este mundo (mi mundo), en lugar de transmitir a la sociedad la energía del orgullo, siempre encuentra la, por otra parte innegable, piedra en el camino que arruina la fiesta. ¡Somos así!, se dice. Pero en realidad, ¿somos los valencianos así? Siempre fuimos más comedidos, más mediterráneos. Hasta que Joan Fuster definió en su libro una forma (la forma) de ser valencianos: Nosaltres (som, debió añadir) els valencians.Me apresuro a pedir excusas: el de Sueca no tuvo toda la responsabilidad de lo que vendría. Él se limitó a esbozar una teoría mediante un magnífico ensayo. El problema vino cuando aquella se convirtió en ideología.

A partir de ese momento, las cosas fueron diferentes. Para transformar la sociedad, había que separarse de ella. O crear una nueva. Se rechazó lo anterior y lo presente. Y con ello, se arriesgó mucho. De haber prosperado, se hubiera tendido a restablecer una especie de armonía perdida (la sociedad valenciana de los siglos XIII al XV, aunque a la vista de lo ocurrido en Catalunya, podemos dudarlo), pero si se fracasaba, se caería en lo peor que le puede pasar a una sociedad: su división. Deslavazada, con una formadísima clase de profesores y profesionales, con una base popular un poco desnortada aunque terca en su defensa de la singularidad propia a través de fiestas y tradiciones, y una clase empresarial self-made,la sociedad valenciana ha ido modernizándose en lo económico y en lo urbano. Y así nos encontró la democracia y la transición al siglo XXI. Y de repente, alguien se dio cuenta de que lo que los valencianos necesitaban eran buenas noticias, horizontes, metas que conseguir, no juicios que emprender. Juzgar la política valenciana de hoy a través del humo de los cañones de la llanura de Almansa es como hablar de la elección entre Obama y McCain al amparo de los muertos de la batalla de Gettysburg. No nos extrañe que alguien, más espabilado, haya acertado con la fórmula. Uno se cansa de no tener nada de lo que enorgullecerse desde la construcción de la lonja de Valencia en el siglo XV. No nos sirve que hoy la industria valenciana mantenga todavía su deshilachada bandera enhiesta con lo que ha llovido (y como la de azulejos y esmaltes de Castellón sea punta de lanza de la internacionalización), ni que sean empresas valencianas las que lideren el sector de la distribución alimentaria en España, ni que las cooperativas valencianas sean las más dinámicas, ni que sea el País Valenciano (y Catalunya) quien protagonice la creación de empresas spin-off a partir de las universidades, ni que el puerto de Valencia triunfe en Asia, ni que las dos universidades de Valencia- València-Estudi General y Politècnica- sean la cuarta y quinta respectivamente de España en calidad. No basta que la conurbación Alicante-Elx combine cultura (El misteri d´Elx es patrimonio oral universal, en lengua propia además), turismo e industria a partes iguales y cuente con un aeropuerto de diez millones de viajeros. No basta que sean valencianohablantes los principales consumidores de cultura y formadores de ideas de este país. No basta que los valencianos, según datos del 2007 de la Fundación Bertelsmann, sean los más identificados con el proyecto europeo (¡ a cinco puntos de la segunda comunidad más europeísta: ¡Catalunya!). La narrativa de siempre nos dice que todo esto son cortinas de humo y que en esencia, nada ha cambiado desde 1707. Don Pelayo revivido gobierna en el Palau de la Generalitat de la hermosísima e italianizante plaza de la Virgen de Valencia. Pero tal vez las cortinas de humo sean otras: el anticatalanismo, tan utilizado por algunos para resistir, es, en realidad, una cierta commedia dell´arte (a excepción de los inevitables hooligans) que debe ser entendida en su justa medida. La realidad es que una empresa catalanísima como La Caixa aumentó su volumen de negocios en el 2007 en tierras valencianas un 16% ¿Anticatalanismo empapando las calles valencianas con 706.775 clientes y 496 oficinas? ¿Boicot global al cava frente al dato de que la red de oficinas de Caixa Catalunya sólo en la provincia de Alicante supera a la de Caja Madrid? Hay que comprender a la sociedad valenciana. Hoy en día, el nacionalismo intelectual y político sigue con el mismo error que el fino Julio Camba atribuía a la política española en 1907: “Ya se sabe que no son los electores quienes eligen a los candidatos, sino los candidatos quienes eligen a los electores”. Poco más o menos lo que ha pasado en Valencia desde 1962. A los nacionalistas se les debería explicar cómo respondió Adlai Stevenson, candidato demócrata contrincante de Dwight Eisnehower, a una mujer que le aseguró que toda persona inteligente le votaría. “Mi querida señora - contestó-, eso no es suficiente. Necesito una mayoría”. Pero el error narrativo es general. La derecha se ha empeñado en utilizar la valencianidad como arma de ataque y defensa (no legítima, por cierto): “Demos con la valencianidad en la cabeza a los rebeldes”. En realidad, el uso bélico de la valencianidad oculta la crisis de su identidad real, anclada demasiadas veces en una forma obsoleta de entender esta singularidad e incapaz de integrar realidades como la lealtad de un sector importante de valencianos por su lengua, la producción de alta cultura en ella, así como de afrontar la relación privilegiada con Catalunya (incluso en el campo de la lengua común).

Así pues, ambas partes deben proceder a un inmediato reacomodo de posiciones, más urgente cuanto más agobie la crisis (economía e identidad van más ligadas de lo que se piensa). Los valencianos necesitamos una nueva narrativa que aprenda de nuestros errores y sepa integrar las realidades del presente. No existe ninguna armonía perdida a la que regresar: ni el nacionalismo puede volver al país hanseático del siglo XV, ni la derecha a los huertos de naranjos del XX. Los valencianos necesitamos nuevos horizontes. Mirar alto y afuera. Teodor Llorente y Joan Fuster nos hicieron reconocer nuestras entrañas. Son ahora los pulmones quienes deberían funcionar. Tomar aire fresco, reconocer nuevas realidades e integrarlas en una forma decente y coherente de ser valencianos. Ni el olmo de la derecha dará peras, ni el peral del nacionalismo cultural y político producirá las pequeñas frutas del olmo. Eso deberíamos saberlo ya. Como Ponce de León, deberíamos buscar la fuente de la eterna juventud, pero no para vivir siempre, sino para renacer. Visita breve y puntual que cada cierto tiempo las sociedades deberían practicar.

Joan Fuster quiso matar la tradición para renacer y hasta cierto punto lo logró. Medio siglo después, habría que proponer la misma metodología. Toda sociedad necesita una narración, una guía breve y concisa que le explique su propia existencia y el entorno que la envuelve. Ahora estamos en condiciones de construirla, no extrañamente cuando la crisis económica aprieta. Para ello, no necesitamos grandes ni brillantes ideas. Sólo un poco de imaginación y sentido común. El president Pujol ha propuesto en un editorial de su Centre d´Estudis las bases de una reacción ante la perplejidad de la sociedad catalana: confianza, ilusión, ambición y autoestima. Lo que necesitamos aquí también. Y cohesión, añadiría. Ante la crisis, se debe reconstruir un pilar firme de cohesión: gobierno, universidades, cultura y empresa. Una nueva frontera interior que cohesionar. Aventura apasionante. En lo concreto, la valenciana siempre ha sido una sociedad que se ha movido sobre dos carriles de diferente tensión: el primero tiene que ver con sus rasgos propios y se mueve entre la singularidad moderada y la identidad radical: el otro tiene que ver con su papel en España, moviéndose entre la percepción de marginación del poder central (patente incluso en la derecha) y el expolio fiscal. Sobre estos dos carriles ha circulado, circula y circulará la pulsión emocional de los valencianos. La fuerza política que no articule su discurso sobre ambos, descarrilará. No entender esto es no entender a los valencianos. El centroderecha ha sabido interpretar a la perfección esta realidad y ha construido un enorme poder de aire regionalista, un poco agotado, eso sí. Con circunstancias cambiantes, puede darse otra combinación de los mismos elementos con otras fuerzas políticas. La globalización selectiva que nos rodea impulsa nuevos pensamientos estratégicos en los que catalanes y valencianos tenemos cosas que decir, por separado y también juntos. Sin tutelas, condescendencias o resquemores. No perdamos de vista la clarividencia de quien en el pasado ya avisó: “Enjamai disputeu-vos, germans, vostra corona/ les dos podeu ser reines, València i Barcelona/ la corbella és un ceptre lo mateix que el trident/ Déu, per a que al port tornen les vostres naus lleugeres/ i per a que net caiga lo gra en les vostres eres/ envia el mateix vent”. Versos del valenciano Teodor Llorente, padre de la Renaixença, un lejano 1864 de exquisita actualidad.

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